Cuando la policía ingresó a la lujosa vivienda, ubicada en Coco del Mar, corregimiento de San Francisco, de la capital panameña, uno de los agentes del orden público vomitó de la impresión por la dantesca escena.
En un sofá grande de cuero, color blanco, estaba el
cuerpo de un hombre de aproximadamente 60 años, a pocos metros en la alfombra, el
cadáver de una dama de unos 25 años y a una distancia corta, yacía un caballero
muerto, de aproximadamente 30 años y sangre a montón.
Manchado de rojo estaba el sofá grande, un comedor
Luis XV, con cojines gris, con restos de sangre, en la mesa aún había comida,
vino, un pavo, uvas, una botella de güisqui, un paquete de cigarrillos y en la
pared colgado un cuadro de Guillermo II, el último emperador de Alemania.
Varias pisadas de sangre corrían por toda la alfombra
azul, llegaban hasta la cocina y volvían al sofá donde estaba el cuerpo del
adulto mayor, cuyo cadáver no tenía una sola herida de arma blanca, pero sí una
jarra para beber cerveza que aún tenía algo de líquido.
Los vecinos llamaron a la policía porque escucharon
gritos de una mujer en alemán, posiblemente ruidos de cristales rotos y otros sonidos
extraños.
Se trataba de Guido Müller, de 63 años; su hijo, Franz
Müller Ríos, de 34 años y, Mina Schmidt de Müller, de 27 años, esposa del primero,
quien fue traída de Oberame para casarse con Guido porque quería una mujer de
su tierra natal.
Franz Müller Ríos, era hijo del germano con la
chorrerana Efigenia Ríos, quien laboraba como mesera en un restaurante cuando
Guido Müller, llegó de Alemania a trabajar como cocinero en el istmo.
El migrante logró abrir su propio negocio y
posteriormente tenía cuatro en la Ciudad de Panamá, muy concurridos por la
clase alta, lo que le llevó a tener una vida cómoda.
Cuando Efigenia Ríos, murió, el pequeño Franz contaba
con ocho años, fue educado en un internado suizo y a los 12 años retornó a
Panamá para convivir con su papá.
Ya siendo adultos, el europeo se sentía solo y quería
una mujer bávara como él (era de Munich), así que consiguió una en un pueblo
pequeño como Oberame, se la trajo al istmo y se casaron al mes.
Sin embargo, el viejo alemán sentía celos de su propio
hijo, debido a que congenió muy bien con su joven madrastra, aunque Franz
Müller Ríos era bisexual, tenía una novia, no estaba casado ni tenía hijos.
La esposa del cocinero nunca coqueteó con su hijastro,
solamente intentaba llevarse bien, en la casa únicamente se hablaba alemán y en
los restaurantes era donde la chica aprendía castellano.
Mina y Franz, bebían abundante cerveza, comían
salchichas alemanas y papas fritas, escuchaban grupos de rock germanos como
Rammstein, Tokio Hotel y Helloween, entre otros, lo que se traducía en que
hacían química, pero solo eso y más nada.
Los celos carcomían al empresario alemán hasta que
planificó hacer una cena para que los tres bebieran y comieran, aunque les
tenía la sorpresa de su vida.
Se alimentaron y chuparon alcohol como cosacos, Guido Müller
les incluyó rohypnol en polvo a los tragos, luego su hijo quedó totalmente
dormido, no obstante, Mina Schmidt de Müller, aguantó y quedó con algún grado
consciente.
Franz Müller Ríos ni siquiera sintió las 18 puñaladas
que su padre, afectado seriamente por el alcohol, le introdujo en distintas
partes del cuerpo. Quedó en la alfombra mientras su sangre corría.
Pero Mina sí gritó, intentó correr, se caía, trataba
de levantarse, lo que generó que se apoyara dos lámparas que fueron a dar al
piso, se rompieron, arrojó un adorno de hierro a la ventana y lo destruyó.
El migrante germano logró dominarla y una a una la
apuñaló 17 veces, mientras ella decía en momentos que agonizaba “du hast mich”
(tu me tienes), posteriormente cuando la neutralizó se fue a la cocina, luego al sofá y bebió
cerveza mezclada con cianuro.
Las pruebas de laboratorio encontraron la droga y el
cianuro, se determinó quién era el asesino, se notificó a la embajada alemana,
quien a su vez se contactó con Peter Müller, de 55 años, hermano menor de
Guido.
Peter Müller ahora sería el heredero de cuatro
restaurantes lujosos en la ciudad de Panamá, luego de la tragedia de 35
puñaladas, pero la rechazó y nunca arribó al istmo porque no quería esa
sangrienta herencia.
Los restaurantes fueron administrados por los empleados
en una cooperativa.
Los celos son falta de seguridad y han sido causa de muertes y tragedias inimaginables 😥
ResponderBorrar